sábado, 3 de diciembre de 2016


La vida la pierdo;
tan en fuga como el tiempo,
pasan y quedan los nombres hollando arenas.

Parece que va a llover

El día es tan gris, tan frío y tan solo que me abrazo a la gata buscando cobijo. Desde el sofá, tras la ventana, la gran masa de un ciprés interrumpe la continuidad de un cielo colmado de nubes. En primer plano, antes del ciprés y casi pegada a los cristales, una endeble adelfilla sufre con hojas amarillas los rigores del otoño. A la derecha, tras la puerta de acceso a la terraza, tiemblan sin flores ya, las hojas de un jazmín chino.
    Yo sabía que la terraza, inclemente en noviembre, estaba casi desierta de plantas. Yo misma las había puesto a resguardo en el rincón próximo al patio de la cocina. Mis plantas, llegadas en su mayoría del suave clima de la costa mediterránea, no llevaban bien las extremas temperaturas de las madrugadas granadinas. Era, seguramente, un loco empeño mío pretender desarrollar en el exterior de la casa las hojas de una alocasia, o anhelar limones todo el año de un limonero lunero plantado en una maceta. Era un demente deseo, sí, el que me movía a traer más tierra, más tiestos, más plantas. Así era siempre en primavera. 
      Ahora es otoño y la mañana gris. La terraza es un amplio vacío hacia la baranda. Yo me refugio en el abrazo de la gata. No lo veo, pero sé que bajo esa baranda, higuera del jardín vecino se mantiene verde aún. Las hojas de un granado buscan tonos ocres y comienzan a escasear. No lo veo, pero sé que si levanto la mirada al frente , en el bosque de la Alhambra, sobre un verde que se resiste a desaparecer, aparecen vivas manchas rojas, anaranjados tintes, amarillas frondas. Cuántos años mi mirada condicionada por un imaginario infantil y cargado de prejuicios me ha impedido ver el asalto de color bajo los cielos apagados de otoño.
            La colina de la Alhambra, más allá de las estaciones y mi terraza, baja helada desde la Torre de la Vela hacia las Torres Bermejas . Continúa, cercando jardines, hasta el Carmen del Maurón. Deja caer tejados y muros acorralando calles hasta descansar en Plaza Nueva y retomar con tejas la subida a la colina enfrentada, la del Albaycín.
Parece que va a llover. El cielo no se decide.
     

jueves, 15 de enero de 2015

Nunca más

Sus amigos más íntimos sabían que la palabra "siempre" tenía para Austin una tonalidad sombría.No lo dejaba nunca indiferente. Una especie de aburrimiento semejante a la vida eterna lo invadía. Aquel Paraíso que le dibujaron en la infancia, un paraíso asolado de ausencias y habitado por una sola presencia (infinita o divina) por los siglos de los siglos...Toda una vida eterna contemplativa.
Pero ahora la cosa había dado un giro. Alguién pronunció un "nunca más". ¿Era esa la misma muerte, la misma eternidad del "siempre"?
En última instancia eran el fin de la alternancia. Ni día ni noche. Ni invierno ni verano. Un todo igual, una condena a la penumbra o una cadena al sol. El infierno y el paraíso eran un "siempre" o un "nunca más".

Austin no sabía ahora si Lo Peor era que Aquiles persiguiera "siempre" a la tortuga para no alcanzarla o no la persiguiera o rebasara "nunca más".